Hoy hemos vuelto a la normalidad de la ruta, afortunadamente. Cinto cree haber envejecido cuatro años en los dos días que hemos pasado en Las Vegas, yo, en cambio, creo haber rejuvenecido dos. Y es que aproveché para invertir el último día 10 dólares en una máquina de masajes que me dejó nueva. Rafa y Cinto me crean tanto estrés que creí que, estando en el ecuador de la ruta, lo mejor sería recomponerme de algún modo.
Atrás hemos dejado Arizona, de la forma más yanki posible. Y es que este país no deja de sorprendernos. No me refiero únicamente a haber descubierto que beben (o comen) coca-cola con bolas de helado encima, o a que haya restaurantes en los que los propios camareros cogen un micro y te sorprenden cantando una canción mientras tú intentas no interrumpirles en mitad de ésta pidiéndoles la cuenta.
Me refiero a Oatman, el pueblo que hemos visitado justo antes de salir de Arizona. Montones de burros que vagan por la calle y una representación teatral cual película de cowboys, con sheriff y forajidos interpretando un duelo en plena calle. Lo nunca visto.
Más tarde hemos hecho una parada en Bagdad’s café, en el que la dueña nos ha deleitado hasta con una dedicatoria a pie de su foto (aparece en nuestro libro de la ruta 66!)
Hoy dormimos en California, y es que ya estamos en la recta final de la ruta. Por un momento creí que mis compañeros de viaje habían dejado atrás sus ingeniosas conversaciones en mexicano. Nada más lejos de la realidad. Por desgracia, han descubierto nuevos canales en la tele con los que ampliar su vocabulario… ahora ya han subido el nivel, y hablan de prender el televisor, gastar dolaritos y de despejar la habitasión para haser el check-out... Para que os hagáis una idea.
Por cierto, hoy sí hemos conseguido dormir en tipis en San Bernardino. Me encantan!
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